Patrimonio Inmueble

ARQUITECTURA

La ermita está situada a once kilómetros del casco urbano, en la dehesa llamada Cañada la Parra, existiendo noticias documentales del topónimo “San Benito” desde el s. XIV a través del Libro de la Montería de Alfonso XI, donde se recoge: “Et son las armadas en el camino de Sanct Benito”, (libro III, cap. XXIV). Ello indica, por tanto, una temprana presencia, inmediatamente posterior a la Reconquista, de un enclave dedicado al santo, pero ¿con qué condición? ¿Un eremitorio, un santuario devocional popular, una encomienda rural de una orden militar…? Esta última parece la hipótesis más factible, habida cuenta del papel que las Órdenes Militares jugaron en la conquista del antiguo Reino de Sevilla. Desgraciadamente, el repartimiento de las sierras septentrionales de Sevilla adolece de insalvables lagunas informativas, a pesar de la bien documentada conquista de la ciudad, por lo que no podemos conocer a qué orden fue concedida la zona; pero la existencia del santuario en fecha tan temprana apunta a dos posibles órdenes: la de Alcántara o la de Calatrava. Esta última, de creación benedictina cisterciense y bajo patronazgo de San Benito, ya entonces había levantado templos dedicados a su patrón, como la iglesia de San Benito de Porcuna, priorato benedictino de la orden fundado a mediados del s. XIII tras la conquista de Jaén. En el Aljarafe sevillano, es la orden de Alcántara, que tenía a los benedictinos como mentores espirituales, quien erige templos al santo, como en el desaparecido Heliche o en Castilleja de Guzmán.

La fábrica actual carece, no obstante, de una fisionomía medieval, aunque la estructura remita a tales modelos, evidenciando reformas paulatinas, las cuales se hallan documentadas en fechas como 1733, 1799, 1883 o 1928 (Archivo General del Arzobispado de Sevilla, Archivo Histórico Provincial y Archivo de la Hermandad de San Benito). El edificio orientado al este, como es tradicional, presenta una planta rectangular con grandes contrafuertes en su lado septentrional y consta de una sola nave dividida en tres tramos mediante arcos diafragma de medio punto que apean sobre pilastras adosadas. Se cubre con una techumbre a dos aguas, mientras que el presbiterio, de planta cuadrada, y separado por una reja, lo hace mediante un artesonado. En la fachada, a los pies, se abre un pórtico sobre el que se levanta una espadaña de un solo vano. Anejos al lado de la epístola se adosan la sacristía y una sala que actúa como depósito de exvotos pictóricos y cuya espadaña se debe a una intervención reciente.

 

PINTURA MURAL

El presbiterio, atendiendo a su naturaleza de sancta-sanctorum, concentra la mayor parte de la ornamentación entre la que sobresale el retablo. El recubrimiento pictórico mural del presbiterio así como el artesonado han sido objeto de una restauración en el año 2009 merced a su negativo estado de conservación. La intervención, además de paliar los daños y afianzar la estructura, en grave peligro, nos permite contemplar en la actualidad la riqueza original de pigmentos de tonos dorados y carmesíes aplicados con técnica al temple que se extienden por los cuatro muros perimetrales y el intradós del arco de acceso. El motivo ornamental responde a la imitación de textiles adamascados o brocados en franjas verticales, un tipo de decoración muy utilizada desde el s. XVII que recrea la auténtica decoración textil desarrollada en la Edad Media. Recorriendo la parte alta de los muros se dispone una cenefa con guirnaldas florales y cabezas aladas de reminiscencias barrocas y en el intradós cinco cartelas con motivos semejantes. La obra se data en 1928 atendiendo a la constancia epigráfica (placa situada en el muro del evangelio) y documental que se recoge en el Archivo de la Hermandad y es fruto de la gran reforma que se realiza en la ermita a instancias del devoto D. Vicente Moreno. Desconocemos hasta qué punto se han respetado modelos anteriores, o, por el contrario, se trata de una interpretación moderna con criterios historicistas

 

 

ARTESONADO

La cubierta, por su parte, se ajusta a la inveterada tradición hispanomusulmana de las armaduras, una económica solución basada en la carpintería que logró una intensa belleza abstracta a través de lo geométrico, extendiéndose su uso hasta bien entrado el s. XVIII. La cubierta del presbiterio responde al tipo de armadura de par y nudillo de tres paños sobre planta cuadrada, como suele ser habitual en las iglesias sevillanas. El almizate acapara la concentración decorativa con un trazado de lacería típico de las cubiertas mudejáricas andaluzas, correspondiendo la modulación de los trazados a la tipología de lazo de ocho occidental. En los cuadros formados por la intersección de pares y jaldetas se pinta en tono dorado un estilizado motivo vegetal, atribuible a la intervención de 1928. La datación puede efectuarse solapando datos artísticos y documentales (A.G.A.S.) entre finales del s. XVII y comienzos de la centuria siguiente, con dos reformas documentadas en 1733 y 1799.

 

 

RETABLÍSTICA

El retablo, sin duda, es la pieza con el valor histórico-artístico más notable de todo el conjunto edilicio. Actualmente se encuentra a la espera de una restauración, desmontado de su lugar original, la cabecera. La cronología ha de situarse en torno a 1725, pues la documentación nos refiere en dos ocasiones (septiembre de 1723 y marzo de 1724) que los miembros de la Hermandad “pasen a la ciudad de Sevilla” y que “le hiziesen un retablo para el altar de la ermita del Señor San Benito” (A.G.A.S.), a instancias de las donaciones en especie de D. Tomás García. En un inventario fechable con anterioridad a 1760, puede leerse: “Y un rrettablo/ de ex cultura de madera por do-/ rar con su titular en medio de / la efigie de Sr San Benito […] tiene el altar su ara y marco”. No es hasta 1775, cuando volvemos a encontrar una referencia sobre el “costoso dorado del retablo”, bajo la iniciativa del párroco D. Félix Díaz Cordero. Desgraciadamente no ha sido hallado el contrato, por lo que la autoría queda, por el momento, en el anonimato, pudiendo plantear una atribución al círculo de Luis de Baias, retablista de origen gallego documentado en esos años por la comarca (El Pedroso, Cazalla de la Sierra). En las reformas de 1928 volvió a restaurarse por D. Manuel Tristán y D. Manuel González Hurtado, dorador, como atestigua la etiqueta adosada en el revés del retablo y los testimonios orales de la hija de este último, Dña. Dolores González, camarera del santo, a su vez.

El retablo, cuya presencia se hace indispensable para cualquier templo a lo largo del Barroco, se convierte en elemento clave como expositor de la imagen atendiendo a su doble funcionalidad: didáctica y devocional. Se erige así en marco escénico para la liturgia, barroquizando la espacialidad interna y coadyuvando a subrayar el carácter sobrenatural del conjunto. Las hermandades fueron el principal comitente de las obras retablísticas por su función de agrupar a amplios sectores en torno al culto de una determinada advocación para cuyos altares se requería la existencia de un retablo, como así lo entendieron los miembros de la Cofradía de San Benito en 1724.

Tallado en madera de pino y dorado, éste es un retablo hornacina salomónico que se estructura en banco, un único cuerpo y remate, sobre un poyo de altar cerámico colocado en 1928. Su carácter comarcal y aún rural explica la vigencia de las columnas salomónicas en una fecha tan tardía como 1724, ya dominada por el estípite. Otras rémoras del siglo anterior se advierten en la poco frondosa y disipada talla ornamental y el mantenimiento de un sentido tectónico. El esquema de una única calle y el perfil piramidal del remate confieren un sentido vertical, reforzado por los soportes helicoidales y las guirnaldas vegetales que los flanquean, monofocalizando así la atención sobre la hornacina central. Los límites entre los cuerpos están marcados por cornisas de perfil quebrado que se adelantan y retranquean, originando una planta quebrada con superficies y elementos en distintos planos.

En el centro del banco se dispone la pequeña puerta del Sagrario, indicada simbólicamente por un racimo de vides, y dos basamentos sobre los que apean las columnas salomónicas, que concentran una decoración más turgente con frutos y veneras, que la que se dispone en el resto, más fina, de hoja de cardo y motivos florales. La hornacina del cuerpo está flanqueada por dos columnas salomónicas de seis espiras que comienzan en espira y terminan en garganta, con fuste revestido de rosas. Sobre la hornacina se dispone una potente vegetación de hojas de cardo, enrollamientos y frutos, que sobresale en realce. Encima de la cornisa quebrada se observa una crestería en la parte central, y dos jarras a plomo con los soportes. El remate está presidido por la figura en altorrelieve de Santa Escolástica, cobijada bajo una hornacina trilobulada de formas cartilaginosas, flanqueada por dos pilastras que también se rematan con sendos jarrones; todo ello coronado por un penacho de hojas de cardos rodeando un tondo pintado con la paloma del Espíritu Santo. Los laterales vuelven a desarrollar la habitual tipología de “hojas de cardo” y roleos.

 

 

IMAGEN DE SAN BENITO

La imagen de San Benito plantea un enigma irresoluble a día de hoy en cuanto a su datación. Hemos reseñado cómo ya en el s. XIV aparece una alusión a “Sanct Benito”, lo cual hace más que presumible la existencia de una imagen, bien pictórica, bien escultórica, en esa época. No obstante, el análisis artístico descarta cualquier posibilidad de pervivencia de un original gótico, como indica el tamaño o su configuración escultórica: imagen desvastada de candelero para vestir, aunque conserva el tercio inferior tallado, advirtiéndose en él las acanaladuras del hábito. Es difícil precisar hasta qué punto modificó su fisionomía original en pos de esta difundida tendencia, a la que sucumbieron la inmensa mayoría de nuestras imágenes entre los siglos XVI y XVII, como ocurrió con Santa María de Escardiel. Si bien ha conservado ese hieratismo que remite al mundo medieval, tan ligado a la difusión de la devoción benedictina. La efigie ha sufrido numerosas intervenciones de las cuales se hallan documentadas dos. La primera de ellas es la que reviste un mayor interés por encontrarse reseñada en la propia imagen, en un pergamino, según testimonios orales y la referencia bibliográfica de Luciano Fernández: “restaurada, al menos, el año 1833, en casa de Juan Bermejo y María Castaña, vecinos de la villa de Castilblanco de los Arroyos” (Fernández, Luciano: Novena en honor del glorioso San Benito, patrón de Catilblanco de los Arroyos y abogado de esta región, precedida de una breve historia de su santuario, Sevilla, Imprenta Mercedes, 1950, p. 9:), mientras que la segunda corresponde a 1954, cuando fue trasladado a los Talleres de las Escuelas Profesionales de la Santísima Trinidad de Sevilla (Libro de Actas, Archivo de la Hermandad, donde se detalla “el regreso de la imagen a su pueblo ya restaurada”). Tallado en madera de pino de Flandes, posee una encarnadura que sugiere varias capas superpuestas.

Iconográficamente, San Benito se representa imberbe, vestido con cogulla negra de benedictino y nimbado; acompañado de sus atributos habituales: el báculo, la mitra, el libro y el cuervo con el panecillo, piezas que posee tanto lígneas como argénteas. Los dos primeros remiten a su función como abad (de Vicovaro entre 502 y 521; de Montecassino entre 529 y 547). El libro alude a la regla benedictina que guió la Europa monástica altomedieval bajo el “ora et labora”, mientras que el cuervo hace referencia a uno de sus milagros más conocidos. A causa de su riguroso talante, el santo se granjeó las envidias de los monjes de Vicovaro, quienes intentaron envenenar su comida, pero un cuervo apareció para llevarse el pan corrompido, al tiempo que el vaso se hacía añicos bajo la señal de la cruz. Cabe reseñar que los exvotos más antiguos representan a San Benito con un cáliz sobre el libro, completando así el milagroso episodio biográfico. En Castilblanco de los Arroyos y su comarca la naturaleza de un santo más monástico que popular queda desmentida de modo apabullante, como demuestran, además de su histórica devoción, la cantidad y enjundia de sus exvotos, siendo la única muestra hagiográfica equiparable a las marianas o cristológicas y superponiéndose a devociones tan populares y difundidas en la época como las de San Roque o San Sebastián, el cual poseía una ermita y cofradía en el Castilblanco de la Edad Moderna.

Difunde en redes sociales